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Acompañados por una vieja rockola, pusimos banda sonora a nuestros besos..
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… Siempre que podían, se buscaban en el mismo lugar y a la misma hora. ¡Siempre ese
hormigueo en el estómago!¡Millones! de
mariposas corrían tras las agujas del reloj para perderse en él, entre sus brazos…
No quería mirar para detrás. Sin preguntas, se entregaba a una aventura que le ponía alas a su imaginación anquilosada por la monotonía de su vida conyugal. Que corto les resultaba el
tiempo…
En la tregua de esos día entre realidad y oportunidad, entregaron
en fragmentos de momentos ese amor extraño que atravesaba lo rutinario dejando
escapar lentamente deseos en trocitos de papel cuyo destino, aguardaba en los
bolsillos de la chaqueta de aquel hombre. Él, para ella, resultó un refugio temporal donde calmar los síntomas de la costumbre de una elección. Aquellos
pedazos escritos, tenían la misión de acompañar a ese cómplice enamorado de regreso a su hogar; el perfume
femenino impregnó sus bordes escoltando una atracción secreta con
palabras que dormirían en un lugar frío y solitario. Allí, en su otra morada.
De regreso a casa, su delicado
y casi silencioso taconeo musitaba en el suelo empedrado la canción que sonaba
en una vieja rockola. Como la protagonista de esa melodía, cuidaba una
aventura con fecha en el calendario. Sus pensamientos evocaban junto a una pícara
sonrisa, numerosos trocitos de papel cuyas aristas rasgadas, flanqueaban los
trazos de un frenesí que embargaba su presente, casi todos sus pensamientos. Imaginarle era una locura, de esas que se hacen realidad a la vuelta de una calle con frases inmortalizadas en citas que tanto y tan bien les hacían en las esquinas prohibidas
donde se amaban…
Hoy, cuando abrió sus ojos, deseó encontrar su sonrisa cerca, muy cerca de
ella…
Esther Mendoza.