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Enciéndeme
la luz para no ver mi propia oscuridad le dijo a la luna…
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Nuestra
vida podría llevar la condición de “cuaderno de bitácora”, en él, anotamos las
rutas inesperadas que asaltan nuestro mapa particular sin tener en cuenta cuan
nos puede importar los cambios innegociables... Esas mismas rutas, a veces, nos
hacen mirar al cielo implorando aquellas cosas que nos acunen el alma como la
calma de un mar, la esperanza del encuentro con un horizonte que acerque
orillas, todo esto junto al deseo de una navegación placentera digna, eso sí, de ser plasmada entre los renglones de una historia.
Tal vez, con una odisea repentina, es difícil escaparse a esta posibilidad, las
sacudidas intermitentes terminan siendo
familiares en nuestro rol humano. Es probable que nuestra historia termine
convertida en el armario donde guardamos las vicisitudes de nuestras vivencias…
Hace
ya un tiempo que contemplo los espacios en blanco alojados en mi mente,
estos martillean con pensamientos fosforescentes
tratando de llamar mi interés sin éxito. Ellos imprimen cierta dosis de
nostalgia aderezada con una extrema rebeldía, propia de una vida que se empeñan
en mover los trazos de un mapa que el libre albedrio otorga sin recelo. Sin embargo,
quisiera almacenar en esos espacios todo aquello que dicen que enseña, dar
cobijo, como ocupas sedientos de afectos que quedan atrapados en otra piel, a las
rememoraciones que alivian mi espíritu y endulzan con olvidadas sensaciones la
creencia de aquello que dice; lo
mejor, aún queda por llegar…
Cuando
era niña, el cielo era el lienzo en blanco donde dibujaba las escenas de una
vida. Cada momento reservado a la experiencia futura, llevaba consigo aromas a jazmín
que me traían las olas de una experiencia y dejaba de manifiesto la ilusión y
el deseo de lanzarme al vacío extendiendo las alas de la imaginación con el
ímpetu que te dan los primeros año sin abandonar la creencia, aunque solo sea por una fracción de segundos, que nada es
estático y por oscuros pasillos que recorramos, la luz nos atrapa si creemos
poseerla…
Hoy,
en ocasiones, cuando abro los ojos mis manos instintivamente me llevan a levantar
unas sábanas para esconderme bajo ellas; existen nubarrones que asechan la
vulnerabilidad de un instante, dictadores emocionales que asaltan tu
tranquilidad con la falsa convicción de ser dueños y testigo de tu derrumbe.
Pero siempre, tu esencia vence con la guerrera que impone la bandera de “aun no
me has ganado”
…Y,
he aprendido además, que para andar por los caminos de una vida, es
imprescindible llevar un equipaje ligero a prueba de golpes que te hagan doblar
las rodillas, con complementos que desarrollen la habilidad de secar de un
manotazo lágrimas de impotencia cuando eres invisible a los que dictan leyes,
imponen criterios, abanderan causas injustificadas, es decir, cuando la palabra
“derechos” se sustituye por un “usted solo es un número, una letra y un ser
anónimo a los ojos del poder…”
En definitiva,
mí aprobado como mortal depende de dos cosas, una: si aceptas ciertas normas, mueres… y la otra, aunque vive en el exilio
lejos de las contemplaciones por ser la estrella, si te rebelas, ganas tu propia batalla.
Así
que, mi querida Juana de Arcos, tú que habitas en todas las mujeres… ya sabes,
aunque te quieran quemar en la hoguera, recuerda que, renunciar y claudicar, aniquila
cualquier oportunidad de visibilidad y recompensa…
La acrobacia
de la vida, no siempre se domina a la primera, ni a la segunda, pero con la
práctica, lo logras…
Esther
Mendoza.
Me gusta tu forma de escribir,lo que transmites,me llega lo sutil de la palabra, me gusta
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