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Una mariposa se cuela por
la ventana, ella hace que se dibuje la única sonrisa del día…
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Me pregunto, ¿qué color
tiene la tristeza? Se diría que la aflicción no tiene color, en todo caso, sí una emoción
que tiñe de oscuro los pasajes cotidianos, hace más pequeña la sonrisa, y,
entre otras cosas, resta brillo a la mirada cuando se pierde en un rincón de la
memoria queriendo rescatar imágenes que abracen con la propia evocación aquello
perdido. Una ausencia sin retorno, la imposibilidad de acceder a una moviola
para repetir más veces cuanto queremos, agradecemos y amamos, todo eso termina generando
el pensamiento best seller de cualquier mortal; el extraños y desgarrador
sentimiento de que “nunca fue suficiente”…
Ya no quedan mujeres
sabias en mi familia, todas han partido. La última gran mujer, se elevó con la satisfacción de por fin haber sido escuchada sus súplicas a un Dios que ella creía sordo y
despistado con sus deseos. Le solía decir, que por alguna razón que ella no
llegaba a comprender, era importante su presencia, sus palabras, sus afectos y
sus besos.
No
todos la valoraron, la cuidaron y mimaron como se merecía. Decidieron por ella
mirando para los rincones de la indiferencia depositando allí, lo que su mirada
gritaba y pedía…Y, como algo olvidado, la dejaron en un desván de silencios…
Casi
cincuenta años de viudedad y la pérdida temprana de su hija, la envolvieron en
un luto aplastante que jamás la abandonó llevándola a vivir de puntillas los anónimos
capítulos subrayados de su propia historia. Renunció a sentir otra piel como
mujer, a reir a carcajadas los tropiezos que rompen lo inesperado, a mojarse
bajo la tempestad de un nuevo amor, a disfrutar la vida como cualquier otro ser
humano. En definitiva, nunca su lealtad fue premiada a la altura de su entrega
para con los suyos.
Eran cinco hermanas y un
hermano. Ella, era la mayor, la primera en nacer y la ultima en abandonar un navío
que jamás pidió navegar. Hacía mucho que deseaba pasar el testigo de dirigir
una ruta donde la desidia, la pena y la frustración, se convirtieron en fieles
compañeros.
Cuando la visitaba, se
iluminaba su rostro, y sus hermosos ojos verdes brillaban de una forma especial,
enseguida, sus ancianas manos, hermosas aun, cuidadas y delicadas, apresaban
las mías con pequeños actos de renuncia para sacer del bolsillo de su rebeca
negra, un pañuelo de tela blanco y secarse la lagrima que bajaba por su rostro,
¡en absoluto era la amargura! solo eran aquellas que los años se colocan en el
lagrimal para embellecer la mirada.
A sus ochenta y siete años,
poseía una mente prodigiosa. Ninguna laguna en su memoria se apoderó de ella. Era
el árbol genealógico que puso nombre a aquellos desconocidos para las
generaciones posteriores, matizó con humor los anacrónicos pasajes de una vida
simple y humilde marcada por la pobreza y el miedo, sacó su carácter a pasear
tantas veces quiso y con él, la fuerza de una generación olvidada…
Me guardo para mí
millones de risas, confidencias, pensamientos y atrevimientos compartidos a su
lado. Desde algún lugar de cielo, me seguirá aconsejando lo que desde niña me
decía. “conviértete en aquello que deseas ser”, ahora, ella sabe que soy aquello
que de pequeña le decía bajito que algún día seria…
Un sentimiento de orfandad
se ha pegado a mi piel, es melancólico y conocido. Ajena a los ruidos de la
vida que oigo fuera, me molestan como usurpadores de mi anhelo de estar en el único
refugio en que hoy me siento segura, en el recuerdo.
Una mariposa se cuela por
la ventana, ella hace que se dibuje la única sonrisa del día…
El desamparo que nos
produce la perdida de alguien a quien amamos, nos viene a recordar el destino
que todos tenemos. No es la muerte la
que nos acecha, más bien, nosotros a ella, pues desde que nacemos, no dejamos
de pensar o hablar sobre su visita en el ocaso de nuestra vida…
Mi querida tía madre, la
ausencia de muchas palabras no escritas en este texto, te las susurré al oído…
Te quiero…