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Las alambradas particulares de cada uno, delimitan la
realidad o utopía de una posibilidad.
Muchos pasan parte de
su vida mirando por la ventana de las oportunidades y, en el quicio de la
ventana, los deseos negocian con las posibilidades. Las alambradas particulares
delimitan la realidad o utopía de una posibilidad.
Un día, el azar o los
planetas alineados deciden premiar al candidat@ que tras mucho tiempo de espera
y relativa constancia, recibe su recompensa.
Conscientes de que los
años conllevan una mochila que se agranda con los obstáculos que vamos salvando,
en el camino y junto a las reminiscencias de las decepciones, donde fracasos y
frustraciones aúnan fuerzas, se adjunta el tan temido seguro de desconfianza. En ocasiones, es bien entendido de
acuerdo a la vida que cada uno ha llevado, sin embargo, en otras, choca con la
tan anhelada tregua de dicha y felicidad.
A veces, el objetivo no
consigue su fin, por más intentos realizados por materializar el deseo con
tintes románticos, los recién nacidos comportamientos de cambio aún no están vacunados
contra la habilidad desarrollada durante años para destruir hermosas crónicas,
empañando así, capítulo de una inesperada historia…, Entonces, se rememora aquellos
bocetos amarillentos de plegarias nacidas del aislamiento afectivo, de la
necesidad de compartir, de sentir, de amar… repetidas imploraciones para una oportunidad
tardía; las arrugas del alma bien las mereces, pero, un delirio hizo creerle valiente
y merecedor de tal honor, se olvidó de
que su armadura estaba oxidada y anquilosada con medallas que otros ganaron. Condecoraciones
ajenas se colaron entre los renglones de su historia y robaron su voluntad.
Nuevamente, la alambrada estrechaba el cerco de su fugaz confianza.
Y, así, un día abrió
los ojos secos de observar en el espejo el rostro inventado que dio forma al
hombre, moldeo una usurpada personalidad e invento la mejor biografía que
condecorase aquella que nunca vivió… Relegó a un cajón de la memoria la única que
tenía realmente valor, la suya…
Los abismos de la mente
convierten en titánicas guerras los enfrentamientos con el corazón desplazando
a la retaguardia la cordura. La sinrazón napoleónica, cree llevar el mando
conquistando el único campo de batalla que nadie quiere librar, la imprudencia
que abandera los impulsos del desatino…
Esther Mendoza.
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