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Le
gustaba madrugar y dar largos paseos antes de llegar a la oficina. Desde hacía
algún tiempo, cortaba camino perdiéndose entre el parque que preside la pequeña
ciudad. El airecillo era fresco y coincidía con la actividad matutina de transeúntes y deportistas que despertaban sus
huesos con carreras matinales.
Algunos mayores presiden su banco de hierro
forjado con charlas que llevaban
posiblemente, a un pasado para ellos no tan remoto. Tropieza con rostros
extraños que, con los días, terminan siendo familiares por el simple hecho de
cruzar sus miradas cada mañana con amigables sonrisas que llenan su agenda de
agradecimientos diarios. Se sube el cuello del abrigo, el aire gélido de las
primeras horas, se empeña en estamparle su sello en el rostro poniendo colorada
su nariz.
Y,
cuando por fin retomó su camino, apareció en silencio sin hacer ruido, una
suave brisa resultando un bálsamo para sus heridas…
Esther
Mendoza.
Siempre es un placer leer sus textos Esther.
ResponderEliminarAbrazos.