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Eternos niños sujetos
al azar de los que tienen potestad para decidir el futuro de otros…
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La poca luz de la habitación, trae a mi memoria un vagón de recuerdos que me arrancan sonrisas, termino con un rictus de tristeza que amenaza con permanecer más tiempo del
deseado...
Oigo villancicos en la
casa del vecino y, casi, me animo a ir al cuarto de estudio a poner los míos; una
colección de las mejores recopilaciones de voces americanas de los 40’ y
50’me esperan. Sin embargo, mi cansancio gana dejándome inmóvil para viajar a ese rincón rememorando
escenas que algunas navidades atrás, viví con mi familia.
De ésto hace ya algunas décadas.
Cerca de la casa donde pasé mi infancia, hoy convertido en un espacio de múltiples edificios,
existía un escampado donde pastores, burros, caballos, camellos y perros, eran
los dueños del lugar, un reducto privilegiado para cuantos quisieron hacer suyo
aquel enclave natural.
Solía salir a pasear con mis padres y hermanos por aquellos parajes al caer el sol, aquel día, se dieron cuenta mientras mis hermanos y yo jugábamos al escondite, que teníamos nuevos vecinos; un carromato de gitanos había acampado debajo de un enorme pino.Trataban de hacer fuego, en ese tiempo la normativa forestal no era tal estricta y los campistas tenían cierta libertad de movimiento.
Solía salir a pasear con mis padres y hermanos por aquellos parajes al caer el sol, aquel día, se dieron cuenta mientras mis hermanos y yo jugábamos al escondite, que teníamos nuevos vecinos; un carromato de gitanos había acampado debajo de un enorme pino.Trataban de hacer fuego, en ese tiempo la normativa forestal no era tal estricta y los campistas tenían cierta libertad de movimiento.
Sucedió un veinticuatro de diciembre, como era costumbre, todo quedaba preparado con antelación, y, antes de la cena familiar, dábamos un largo paseo por el campo. Mi madre preparó algo de comida para los nuevos visitantes, me sentía expectante
ante tal acontecimiento que, con los años, se convertiría en acciones habituales de mi familia. Unas
papas guisadas con ajo salteado y habichuelas, carne frita del menú festivo, algunas
naranjas y el postre favorito de mi padre elaborado por él mismo, (frangollo),
componía el festín para aquellos extraños. Entonces, mamá me miro y me dijo, “hija, vamos a llevarle a esa familia algo de
cenar, es nochebuena”.
Me temblaban las
piernas, mi madre era tan osada, nunca vi ningún atisbo de duda o miedo en sus
ojos y, cuando me percibía aterrada por algo, me sonreía y me decía: mi querida
niña, no olvides que el miedo es un fantasma al que le das
forma y los fantasma no existe, por lo tanto, el miedo solo es una posibilidad con demasiado valor.
De camino al carromato
pensaba que todos los niños teníamos una ¡súper mama!, pues ellas
nunca tenían temor y sabían lo que hacían. Yo debía ser muy valiente pues me
permitió que la acompañase en lugar de mi hermano mayor.
Una señora con grandes
caderas y numerosas pulseras ruidosas, nos recibió con una gran sonrisa. Pude
apreciar que sus paletas brillaban de una forma distinta a la de los demás,
entonces, tiré de la falda de mi madre y le dije; “¡mamá!..., éstas personas no necesitan comida, ¡son ricas!, - y, susurré.- sus dientes son
de oro” De pronto, aquellas dos mujeres soltaron una sonora carcajada y me
miraron como si hubiera dicho la cosas más graciosa del mundo. Debió ser así,
pues mi mamá, se limpió una lagrima con la punta de la rebeca. En aquel momento no
entendí nada. Aún años después, me sonrío al recordar el valor que tiene la
inocencia.
Cuando nos disponíamos a
regresar, la corpulenta mujer nos gritó para ofrecernos a uno de sus numerosos hijos, empecé
a dar saltos de alegría pidiéndole a mi progenitora que lo permitiera, pues así, aquella
niña elegida entre el resto de sus hermanos, podría convertirse en esa hermana
que no tenía. La cara de mamá cambio de color y trató, tras darle las gracias a
la buena señora, de explicarme las razones por la que no, podía acceder a dicha petición; francamente, me costaba entender porque un señor juez tenía que decidir o que
un policía, pudiera arrestar a mamá por secuestro, si solo se trataba de
agrandar la familia y darle a aquella niña un hogar sin ruedas. ¡Pues no señor!,
no comprendía nada...
De camino a casa y tras
unos minutos de silencio, pregunte si aquella familia era pobre, el por qué no tenían
una casa como nosotros y si eran felices y además, si sabía cuántas personas vivían
en la calle.
-
Te contestaré por parte. Ésta
familia no se considera pobre, son personas que tienen una forma de vida y su casa es un
carromato, son nómadas y para ellos la pobreza es una actitud, no una elección.
-
Y, ¿por qué querían darnos a uno de sus hijos si no son
pobres?
-
…. Quizás, por darle una oportunidad distinta a la que ellos
han elegido. Y, sí, siempre habrá alguien que por alguna razón no tiene un
hogar, pero gracias a Dios, son pocas las personas que tienen esa
circunstancias.
Recuerdo que no articulé una sola palabra el resto del trayecto. Al llegar me senté al lado de una vieja estufa y me sentí feliz
de estar en casa con mis dos hermanos y mi padre, al que como entonces, cada
navidad ayudo a cortar el turrón.
Hoy, nuestra
sociedad está habitada por nómadas olvidados, ciudadanos sin oportunidades a los que se les han arrebatado algo más que un plato de comida y un techo, se les ha secuestrado la opción de sentirse en cuenta, escuchados, personas con
derechos, los mismos que duermen en el fondo del cajón de la prioridad donde la
esperanza ha sido sustituida por el olvido…
La duda ante la desaparición de una larga lista de exilio
involuntario de hombres y mujeres atrapados por un sistema obsoleto me llevará un poco mas de tiempo. Para esos donde una vieja estufa no resulte un premio aniquilado
por la mala gestión de unos pocos…, o muchos...
Me pregunto, cuánto vale limpiar una mala conciencia…en el caso de que haya muestra de remordimiento por parte de quien corresponda…
Me pregunto, cuánto vale limpiar una mala conciencia…en el caso de que haya muestra de remordimiento por parte de quien corresponda…
En casa me enseñaron
que la navidad es una actitud que se debe tener todo el año, que lo que la
diferencia de los festivos días de diciembre, no es más que el valor material
que se les da a unos presentes, algunos gestos altruistas y elocuentes promesas
de aquellos que buscan votos…
Me sigo cuestionando si
seremos capaces de entender el verdadero significado de éstos días, que no es
otra cosa qué, alargar en el tiempo nuestra generosidad, multiplicar con hechos,
sinceras propuestas a la que le preocupen
menos el número de adeptos a las urnas, realzando así, el sentido que tiene sujetar con fuerza a los más desprotegido
todos los días del año…
Y continuaré preguntándome por qué, este deseo no deja de ser una quimera… Tal vez, la respuesta
la tengan aquellos que hablan más y hacen menos…
Esther Mendoza.