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lunes, 9 de marzo de 2015

EL ARCHIVO DEL CORAZÓN...

Intuyo que fue parte de mi historia, así me lo muestra las escasas visitas de mi lucidez

Al mirarse al espejo no se reconoció. Atrás quedaba la hermosa mujer que obligaba a cuantos se cruzaban con su mirada impenetrable, a bajar la suya con cierto reparo. Hoy, era la burda copia de un retrato en los que muchos se deleitaron. De fondo, la sintonía de Glen Miller en su “Moonlight Serenade”, aliviaba la nostalgia que arañaba a su corazón al recordar lo efímero de la belleza, lo breve del tiempo, lo antojadizo que el amor resulta cuando los años ganan a la esperanza, y, con jirones de desencanto diseña su mejor vestido para la gala de la decepción…

Se dio cuenta que secaba sus lágrimas con su pañuelo, …aquel pañuelo…, una reliquia que guardo en su pecho por más de sesenta años y cuyas iniciales, desdibujadas por la pasión guardada entre sus senos, se convirtió en el hilo conductor entre la cordura y la capitulación de una historia que no pudo ser. Su ahogado llanto quedo mudo en la estación de los aciertos, ese que nunca llegó; quedo presa de una ausencia, de una espera gélida que cubría con su manto cualquier resquicio o expectativa.

Cuando sus tormentas se lo permitieron dándole una tregua al dolor encasquillado en los recovecos de su alma, se levantó lentamente apoyada en su bastón, fiel compañero qué, junto a su sombra, no la abandonaba salvo en la soledad compartida con Morfeo. Con pasos cortos, titubeantes y temerosos ante la falta de equilibrio, abrió aquel cajón relegado al olvido, al desalojo de una ilusión que durante años, peregrinó en generaciones amarillentas destinadas al exilio de una memoria asignada ésta, al contenido de aquella gaveta. Un castigo tal vez injustamente infringido.

Su temblorosa mano derecha tomó de su cuello una diminuta llave que llevaba colgada por más de medio siglo, tiempo de encarcelación de sus fragmentos de tiempo, retazos de una historia, la suya… señales del mapa de una vida vivida en el anonimato donde los anhelos fueron abortados por la omisión de una promesa… 
Como si de una reliquia se tratara, tomo entre sus arrugadas manos las hojas sepias custodiadas por un lazo rojo, y, con exquisita delicadeza, deshizo la cinta de seda para perderse entre los renglones de aquellas cartas. Capítulos sin reposición de una vida…

….Querida alma perdida, mi memoria es traicionera y no me deja recordar la última vez que tú y yo nos encontramos.- se dijo así misma antes de perderse entre aquellos renglones.

Era verano, la luz del sol bailaban frente a las hiedras y, el sonido de las abejas me inquietaba. Decidí traspasar aquella verja. Mis piernas temblorosas no disuadieron a mi voluntad de acercarme a él. Sin darme cuenta, había sorteado los sarmientos de una antigua viña. Mi obsesión por los detalle me llevo a fijarme en la danza acompasada de dos amantes, dos pequeños invertebrados regocijados del momento vivido. Sonreí y secretamente envidie a aquellos caracoles.

Alce mis ojos al horizonte y allí le encontré…
La sangre fluía a compasadamente y bajaba de forma imparable llenando los rincones más íntimos y pudorosos. De mi interior, se desgranan susurros cálidos deseando chocar contra su piel… 

Es difícil relatar como empezó, como sucedió aquel encuentro inesperado, cuando quise darme cuenta, estábamos hablando. Su mano se deslizo buscando el contacto de la mía, nos fundimos en instantes de ternura que la brevedad del tiempo, consagró en pasión…

Intuyo que fue parte de mi historia, así me lo muestra las escasas visitas de mi lucidez.- pensó para sí, esbozando una triste sonrisa.

Se paró en seco, dejando de recordar que la llevó a recorrer aquel tramo. Y, contra su pecho, el fruto de un sueño quebrantó la realidad que nunca quiso recoger y cuyos mensajes se empotraban con angustia, dolor y sinsabores en su quebradiza memoria. 
El tiempo la vapuleó. Apretó sus manos en espera de encontrar un calor perdido…

No tuvo valor para seguir ahondando entre las líneas veleidosas de su historia, qué, fugazmente, le llegaba con claridad para luego dejarla caer en el abismo del olvido. Nuevamente, ató el lazo rojo devolviendo al destierro fragmentos de su vida…

Apenas hay claridad…
Otro día más, sus recuerdos se pierden entre dos corrientes…
Otra noche cae sin apenas sentir…
A sus casi noventa años, seguía preguntándose cuando podía, dónde estaba aquel amor que nadie jamás sustituyó…


Esther Mendoza.




lunes, 22 de diciembre de 2014

LOS OLVIDADOS, UNOS NÓMADAS SIN OPORTUNIDADES.

Eternos niños sujetos al azar  de los que tienen potestad para decidir el futuro de otros…


La poca luz de la habitación, trae a mi memoria un vagón de recuerdos que me arrancan sonrisas, termino con un rictus de tristeza que amenaza con permanecer más tiempo del deseado...

Oigo villancicos en la casa del vecino y, casi, me animo a ir al cuarto de estudio a poner los míos; una colección de las mejores recopilaciones de voces americanas de los 40’ y 50’me esperan. Sin embargo, mi cansancio gana dejándome inmóvil para viajar a ese rincón rememorando escenas que algunas navidades atrás, viví con mi familia.

De ésto hace ya algunas décadas. Cerca de la casa donde pasé mi infancia, hoy convertido en un espacio de múltiples edificios, existía un escampado donde pastores, burros, caballos, camellos y perros, eran los dueños del lugar, un reducto privilegiado para cuantos quisieron hacer suyo aquel enclave natural.

Solía salir a pasear con mis padres y hermanos por aquellos parajes al caer el sol, aquel día, se dieron cuenta mientras mis hermanos y yo jugábamos al escondite, que teníamos nuevos vecinos; un carromato de gitanos había acampado debajo de un enorme pino.Trataban de hacer fuego, en ese tiempo la normativa forestal no era tal estricta y los campistas tenían cierta libertad de movimiento.

Sucedió un veinticuatro de diciembre, como era costumbre, todo quedaba preparado con antelación, y, antes de la cena familiar, dábamos un largo paseo por el campo. Mi madre preparó algo de comida para los nuevos visitantes, me sentía expectante ante tal acontecimiento que, con los años, se convertiría en acciones habituales de mi familia. Unas papas guisadas con ajo salteado y habichuelas, carne frita del menú festivo, algunas naranjas y el postre favorito de mi padre elaborado por él mismo, (frangollo), componía el festín para aquellos extraños.  Entonces, mamá me miro y me dijo, hija, vamos a llevarle a esa familia algo de cenar, es nochebuena”.

Me temblaban las piernas, mi madre era tan osada, nunca vi ningún atisbo de duda o miedo en sus ojos y, cuando me percibía aterrada por algo, me sonreía y me decía: mi querida niña, no olvides que el miedo es un fantasma al que le das forma y los fantasma no existe, por lo tanto, el miedo solo es una posibilidad con demasiado valor.  

De camino al carromato pensaba que todos los niños teníamos una ¡súper mama!, pues ellas nunca tenían temor y sabían lo que hacían. Yo debía ser muy valiente pues me permitió que la acompañase en lugar de mi hermano mayor.

Una señora con grandes caderas y numerosas pulseras ruidosas, nos recibió con una gran sonrisa. Pude apreciar que sus paletas brillaban de una forma distinta a la de los demás, entonces, tiré de la falda de mi madre y le dije; “¡mamá!..., éstas personas no necesitan comida, ¡son ricas!, - y, susurré.- sus dientes son de oro” De pronto, aquellas dos mujeres soltaron una sonora carcajada y me miraron como si hubiera dicho la cosas más graciosa del mundo. Debió ser así, pues mi mamá, se limpió una lagrima con la punta de la rebeca. En aquel momento no entendí nada. Aún años después, me sonrío al recordar el valor que tiene la inocencia.

Cuando nos disponíamos a regresar, la corpulenta mujer nos gritó  para ofrecernos a uno de sus numerosos hijos, empecé a dar saltos de alegría pidiéndole a mi progenitora que lo permitiera, pues así, aquella niña elegida entre el resto de sus hermanos, podría convertirse en esa hermana que no tenía. La cara de mamá cambio de color y trató, tras darle las gracias a la buena señora, de explicarme las razones por la que no, podía acceder a dicha petición; francamente, me costaba entender porque un señor juez tenía que decidir o que un policía, pudiera arrestar a mamá por secuestro, si solo se trataba de agrandar la familia y darle a aquella niña un hogar sin ruedas. ¡Pues no señor!, no comprendía nada...

De camino a casa y tras unos minutos de silencio, pregunte si aquella familia era pobre, el por qué no tenían una casa como nosotros y si eran felices y además, si sabía cuántas personas vivían en la calle.

-          Te contestaré por parte. Ésta familia no se considera pobre, son personas que tienen una forma de vida y su casa es un carromato, son nómadas y para ellos la pobreza es una actitud, no una elección.

-          Y, ¿por qué  querían darnos a uno de sus hijos si no son pobres?

-          …. Quizás, por  darle una oportunidad distinta a la que ellos han elegido. Y, sí, siempre habrá alguien que por alguna razón no tiene un hogar, pero gracias a Dios, son pocas las personas que tienen esa circunstancias.

Recuerdo que no articulé una sola palabra el resto del  trayecto. Al llegar me senté al lado de una vieja estufa y me sentí feliz de estar en casa con mis dos hermanos y mi padre, al que como entonces, cada navidad ayudo a cortar el turrón.

Hoy, nuestra sociedad está habitada por nómadas olvidados, ciudadanos sin oportunidades a los que se les han arrebatado algo más que un plato de comida y un techo, se les ha secuestrado la opción de sentirse en cuenta, escuchados, personas con derechos, los mismos que duermen en el fondo del cajón de la prioridad donde la esperanza ha sido sustituida por el olvido…  

La duda ante la desaparición de una larga lista de exilio involuntario de hombres y mujeres atrapados por un sistema obsoleto me llevará un poco mas de tiempo. Para esos donde una vieja estufa no resulte un premio aniquilado por la mala gestión de unos pocos…, o muchos...  

Me pregunto, cuánto vale limpiar una mala conciencia…en el caso de que haya muestra de remordimiento por parte de quien corresponda…

En casa me enseñaron que la navidad es una actitud que se debe tener todo el año, que lo que la diferencia de los festivos días de diciembre, no es más que el valor material que se les da a unos presentes, algunos gestos altruistas y elocuentes promesas de aquellos que buscan votos…

Me sigo cuestionando si seremos capaces de entender el verdadero significado de éstos días, que no es otra cosa qué, alargar en el tiempo nuestra generosidad, multiplicar con hechos, sinceras  propuestas a la que le preocupen menos el número de adeptos a las urnas, realzando así, el sentido que tiene sujetar con fuerza a los más desprotegido todos los días del año…

Y continuaré preguntándome por qué, este deseo no deja de ser una quimera… Tal vez, la respuesta la tengan aquellos que hablan más y hacen menos…

Esther Mendoza.