“Donde habitan los silencios”
Un lugar para refugiarse del mundanal ruido, colocando entre renglones, los tan valiosos silencios, necesarios éstos para narrar historias...
...Y, me sorprendiste como una fina lluvia en otoño...
LLUVIA DE OTOÑO…
... Y, como una lluvia de
otoño, las palabras toman por sorpresa a la noche apoderándose de la poca luz
natural. Se inicia la aventura de construir renglones que atrapen la atención
de algún desvelado lector y, con ellas, poner en movimiento sentidos adormecidos
por la modorra que produjo el día…
El otoño nos trae un
caminar pausado. Un telón perfecto que cae para muchos con los vestigios de un
verano y, para otros, el encuentro con una soledad que habla de añoranzas y
nuevos comienzos…
Una estación que muda
la vida con olores que se cuelan por las rendijas de nuestras percepciones
metiéndose en la piel, llevando a rincones que apasionan, a sentir y transmitir aquellas
cosas difíciles de verbalizar, en definitiva, conduce a pensamientos y deseos…
Acaso sea solo la
excusa perfecta para un derroche de palabras que han aprendido a ser parte de
mí, acaso, la soledad siga siendo el tema disfrazado de otoño para muchos…
Con una copa entre mis
manos, miro al otoño. Desde mi ventanal observo a una pareja ausente del resto
que le rodea; su abrazo, abraza a la estación recién nacida y acaso, frivolice
con el resplandor anaranjado del atardecer…
Quiero envolverme en ésta
nostalgia que acaricia con su luz y con sus sombras. Resquicio de un tiempo que
camina hacia mis recuerdos, a los colores que invaden mi casa y al crujir de
las hojas secas que pisan mis pies.
Quiero esa languidez
que me subyuga al imaginarte con miradas marchitas pegadas al cristal, con lágrimas
de entretiempo enredadas en recuerdos… Quiero, a la suave brisa envolviéndome
en esperanza.
Las hojas empiezan a
caer, la neblina rueda calle abajo distorsionando los sueños y, el entusiasmo como una lluvia de otoño, se filtra sin previo aviso conquistando a la ilusión…
“Para ti amiga Mónica, por sonreír cuando yo no podía, por permitirme ser yo misma y por estar sin hacer ruidos….”
A lo largo de la vida, la amistad la sentimos de diferentes formas. Varía su apreciación en función del momento y las circunstancias que nos rodean.
Es poco valorada en las relaciones cotidianas y, mal empleada en el vocabulario común, dònde se le atribuye un sinfín de veces a personas ¡no siempre!, merecedoras de ella. Para algunos, es considerada una medalla de tómbola asignada a amigos de segunda categoría o bien, una carrera de fondo para ganar adeptos que engorden un círculo social. El auténtico significado que engloba un compromiso entre personas que comparten un sentimiento que va más allá del tiempo y del espacio, se ve solapado por un error de concepto. La amistad, es dar sin esperar nada a cambio, es callar para escuchar al otro cuando te lo pide con la mirada, es estar sin ser llamado y, ausentarnos cuando el amigo necesita crecer en su soledad..
Ya desde la infancia nos cogemos de la mano de aquellos que llamamos "amigos", y, aunque nos llegan vagones cargados de ellos a lo largo de muchas estaciones, ¡sólo unos pocos! se quedan, a los cuales, galardonamos con la medalla al valor por permanacer a nuestro lado en las verdes y en las maduras, con nubarrones y tempestades que arrasan con nuestro tejado…
El destino se encarga de la asignación de etiquetas en su rol. En ocasiones, se convierten en guías protectores, y en otras, semáforos que nos alertan de los peligros que nos asaltan en los cruces difíciles.
Los verdaderos amigos cuando procede, nos muestran sus emociones guardadas en el cajón de la paciencia, nos esperan sentados en el trono del “no juicio” y, ¡jamás!, obséquian con dardos envenenados ante aquellas impredecibles reacciones poco afortunadas por nuestra parte; además, tienen la potestad de custodiar nuestras íntimas confesiones con votos de silencio…
En el árbol de la amistad, las hojas toman la condición de amigos. Algunas son efímeras, llegan y se van sin pena ni gloria.
Las hojas más cerca del tronco son los que yo llamo amigos del alma; sinceros y auténticos, a los que no le tiembla la voz cuando sus criterios, difieren de los nuestros, sin gratificaciones verbales a modo de armas arrojadizas movidas por el ego… Por el contrario, ¡esas mísmas palabras!, ¡se convierten en reflexiones magistrales! dándo brillo a nuestra mirada cuando se cruza con la del maestro - amigo..., poseedor, en muchos casos, de esas manos qué, en más de una ocasión, han secado nuestras lágrimas cuando una nube gris se posó sobre nuestra cabeza..
Luego están los amigos que vienen por una estación, unos días, unas horas, y , aún así, dejan una huella imborrable en nuestro corazón...
En las puntas de las ramas, residen aquellas distantes que sólo aparecen cuando el viento sopla a su favor; obviamente, no podemos evitar perder algunas de ellas por el camino…Sin embargo, algunas de esas hojas caídas, permanecen a nuestro lado alimentando la raíz con su amor y lealtad.
Los recuerdos y vivencias compartidos, quedan prendados en la nervadura de las hojas, ¡las alegrías se deslizan por el peciolo hasta arrancarnos sonrisas al recordarlas!..., y, en los bordes, quedan nuestro afecto y gratitud para toda una vida…
Cada ser que pasa por las estaciones de nuestra existencia, ¡es especial, siempre deja algo!, y..., se lleva un poco de nosotros…
La prueba de que dos almas están destinadas a encontrarse,sin lugar a dudas, se fundamenta en la amistad…
Gracias Mónica por haberte cruzado en mi historia, permanecer en ella más de una estación. Y ubicarte en unas raices con la fuerza del cariño y el respeto que alimentan las ramas del árbol de la amistad...
Esther Mendoza.
"La amistad es para muchos cómo el oro de los tontos, creen poseerla porque la confunden con el brillo del halago fácil. Sólo aquellos que no se han quedado en la superficie y muestra su rostro al desafío, la conquista..."
(Esther Mendoza)
"CADA ESTACIÓN NOS PREMIA CON SU PRESENCIA REGALÁNDONOS NUEVOS AMIGOS..."